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RUIDO DE MOTORES DILUYEN CANTOS DE LAS JOROBADAS EN PANAMÁ

Una mañana de agosto, frente a Isla Contadora, en el Golfo de Panamá, Mongabay Latam y un grupo de científicos salieron a buscar ballenas. Durante un buen rato no vieron nada más que el mar abierto, el planeo de un piquero pardo rasando el agua y la promesa, cada vez más lejana, de un soplido en el horizonte. De pronto, sin aviso, un delfín manchado (Stenella attenuata) saltó varios metros en el aire girando sobre sí mismo antes de caer entre un estallido de espuma. A lo lejos, una aleta caudal negra y blanca se levantó sobre el mar y volvió a hundirse. Poco después, un lomo curvo de ballena jorobada (Megaptera novaeangliae) emergió junto al dorso pequeño de un delfín hasta que las embarcaciones no tuvieron más remedio que detenerse por completo, rodeadas.

Vicente del Cid, que formaba parte de esa gira, ha vivido una escena casi idéntica antes, también en el archipiélago de las Perlas, del que Isla Contadora es parte. Navegaba con otras tres embarcaciones, guardando una distancia de dos kilómetros entre sí, cuando la vida marina se dejó ver de la misma manera repentina. “Quedamos rodeados”, cuenta el gerente de producción de consumo responsable de la Fundación MarViva. “Imagínate la cantidad de animales que había ahí. Es impresionante y está en nuestras aguas, apenas a media hora de la costa”.

Esa escena resume, mejor que cualquier cifra, lo que hay en juego frente a las costas panameñas del Pacífico: una de las concentraciones de vida marina más ricas del continente en un mar cada vez más ruidoso.

Desde mayo de 2025, siete hidrófonos —micrófonos submarinos de alta sensibilidad— han estado grabando día y noche el mar en siete localidades del Archipiélago de Las Perlas, desde Chiriquí hasta la provincia de Panamá, para descubrir si el motor de un bote puede silenciar, literalmente, a una ballena.

Un paisaje sonoro con nombre y apellido 

El estudio del paisaje acústico del hábitat de los cetáceos e impactos antropogénicos en el Pacífico panameño es un programa piloto dentro de una iniciativa mucho más grande llamada Pacífico Sostenible. Esta iniciativa reúne a siete países —México, Guatemala, Honduras, Costa Rica, Panamá, Colombia y Ecuador— bajo el paraguas del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF), con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) como agencia implementadora y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) como ejecutor.

En Panamá, el trabajo de campo lo llevan adelante la Fundación MarViva y la Fundación Panacetacea, con el respaldo del Ministerio de Ambiente (MiAmbiente).

Los siete equipos instalados son grabadoras submarinas ancladas a una profundidad promedio de 18.3 metros en siete islas del Golfo de Panamá: Boná, Contadora, Iguana, Cébaco, Contreras, Ladrones y Paridas. Cada una graba 25 minutos de cada hora, día y noche, con una resolución de 64 000 mediciones de sonido por segundo (64 kHz).

El análisis, hasta ahora, es sobre todo visual: los investigadores convierten cada grabación en un espectrograma —una representación de la frecuencia del sonido a lo largo del tiempo— para distinguir cuatro tipos de sonidos distintos: los coros de peces, los clics de los delfines, los cantos de las ballenas jorobadas y el ruido de los motores de las embarcaciones.

Los hidrófonos han capturado más de 56 000 archivos de audio —el equivalente a más de 1.4 millones de minutos de sonido submarino—, de los cuales se ha analizado hasta ahora cerca de un 17 %. Ese fragmento ya alcanza para una conclusión incómoda: el ruido de embarcaciones reduce entre 40 % y 45 % la probabilidad de registrar cantos de ballenas jorobadas. Dicho de otro modo, cuando un bote pasa cerca de las ballenas, éstas simplemente dejan de cantar o su canto deja de poder escucharse, lo que se conoce como enmascaramiento.

“El enmascaramiento no es más que sonidos de alta intensidad que se sobreponen a los sonidos que usan las diferentes especies para comunicarse”, explica Betsy Pérez Ortega, investigadora y presidenta de la Fundación Panacetacea, quien coordina el trabajo científico del proyecto. “Si el ruido es demasiado intenso, puede estar disminuyendo la capacidad de estas especies para comunicarse, para encontrar un lugar donde asentarse en el caso de los peces, o para poder encontrarse o navegar”.

Pérez insiste, sin embargo, en matizar la alarma: por ahora, la buena noticia es que el sonido biológico —los cantos de ballena, los coros de peces, el chasquido del camarón pistola (Alpheidae)— sigue dominando el paisaje acústico en la mayoría de los siete sitios monitoreados. “El componente antropogénico está causando cierto impacto, enmascarando algunos sonidos”, dice, “pero todavía no ha llegado a niveles de perturbación extrema en el paisaje acústico o en la vida marina”, asegura.

Cada localidad, además, tiene lo que los investigadores llaman una firma acústica propia: Boná e Iguana están dominadas por peces; en Contadora y Ladrones predominan los cantos de las jorobadas; y en Contreras y Paridas se escucha, sobre todo, el camarón pistola. No existe, en otras palabras, un paisaje sonoro promedio del Pacífico panameño.

Cuando el mar más visitado es también el más ruidoso


El sonido es para una ballena lo que la vista es para los humanos: es su principal forma de orientarse, encontrarse y aparearse en un océano donde la visibilidad rara vez supera unos pocos metros. Estudios científicos han medido que el espacio de comunicación social de la ballena jorobada en aguas someras ronda los cuatro kilómetros y que su canto, al viajar por el océano profundo, puede detectarse a distancias mucho mayores bajo ciertas condiciones.

En 2018, un estudio publicado en la revista Plos One documentó que ballenas jorobadas dejaron de cantar mientras una fuente de sonido artificial operaba a 200 kilómetros de distancia. Ese es el riesgo del enmascaramiento: no hace falta que un bote esté cerca para que su ruido interfiera en la comunicación de estos animales. El ruido perturbador puede venir de mucho más lejos.

El estudio expone una coincidencia incómoda para quienes gestionan el turismo marino: las zonas donde más ballenas se congregan son, a menudo, las mismas donde más embarcaciones navegan. El caso más crítico es Isla Contadora, donde el ruido de motores estuvo presente en un 42.6 % de las horas monitoreadas. El ruido, asociado al turismo recreativo, el buceo y la pesca deportiva, se concentró sobre todo durante el día. La Isla Iguana ocupa el segundo lugar en presencia de ruido de embarcaciones.

“Cuando el ruido provocado por el ser humano interrumpe el paisaje sonoro, afecta el comportamiento, la salud y la supervivencia de los cetáceos”, advierte Digna Barsallo, directora nacional de Costas y Mares de MiAmbiente. Medir ese impacto es el primer paso para protegerlos.

Barsallo recuerda que Panamá ya cuenta con una herramienta normativa para atender el problema: la resolución ministerial 144 de 2022, que regula el avistamiento responsable de cetáceos. Aplicarla, sin embargo, sigue siendo un reto. En julio, MiAmbiente volvió a llamar a operadores y capitanes a cumplir la norma ante el aumento de embarcaciones en las zonas de avistamiento.

El proyecto Pacífico Sostenible crea un registro nacional de operadores de avistamiento, el primero de su tipo en el país. “Es importante que sepamos quiénes lo están realizando, dónde lo están realizando y que estas personas tengan todos los lineamientos que dictamina la norma”, explica Barsallo, quien enmarca ese registro dentro del concepto de “economía azul”.

La temporada de ballenas, entre julio y noviembre, se ha convertido en un motor de ingresos para comunidades costeras que hace 15 años apenas reparaban en el paso de estos animales frente a sus playas. Por lo tanto, explica Barsallo, se trata de encontrar un punto de equilibrio entre permitir el avistamiento como fuente de economía para el país, pero sin interferir en un momento tan sensible como la temporada reproductiva de ballenas.

El desafío no es elegir entre turismo y conservación, sino diseñar la actividad de avistamiento para que no destruya lo que la hace posible.

Los lineamientos para un avistamiento responsable, resumidos en un folleto elaborado por el proyecto Pacífico Sostenible junto con el Ministerio de Ambiente, MarViva, WWF y el PNUD, son concretos: mantener 250 metros de distancia de las ballenas y 100 de los delfines, no más de dos embarcaciones observando al mismo grupo, un máximo de 30 minutos de observación —15 si hay una cría de por medio—, motor en neutro cuando los animales se acercan por voluntad propia y la prohibición absoluta de nadar, bucear o usar drones sin permiso.

La lista de “indicadores de disturbio” —por ejemplo, un coletazo repentino del animal, un soplido ruidoso de la ballena o cambios bruscos de dirección— son señales de alerta para que las embarcaciones se retiren.

Para asegurar que estas reglas se respeten, el proyecto contempla la formación de guías y capitanes en las comunidades costeras para que obtengan la certificación oficial de avistamiento que exige el Ministerio de Ambiente. José Julio Casas, docente e investigador de la Universidad Marítima Internacional de Panamá, coordinó talleres de capacitación en avistamiento responsable en cerca de una decena de comunidades entre Chiriquí, Veraguas, Azuero y Panamá Oeste.

“Es muy importante que se vean como una empresa”, dice Casas, y es el mensaje central que intenta transmitir a las tripulaciones. De esa manera pueden seguir fortaleciéndose, hacerse cada vez más competitivos y lograr mejores objetivos económicos.

Para Bleixen Espino, guía de turismo certificada y especializada en avistamiento de cetáceos, la formación recibida marcó un giro profundo en su práctica profesional en el mar.

Guiar en mar abierto no se asemeja a coordinar una excursión tradicional de sol y playa o un recorrido insular común, asegura Espino. Exige dominar la seguridad marítima, protocolos de rescate, control de velocidades náuticas y la reducción del ruido de motores para evitar perturbar a los cetáceos.

En la ruta habitual hacia el archipiélago de Las Perlas —navegando zonas como Pacheca, Bartolomé, Bolaños y Contadora— el rigor normativo empieza mucho antes de cualquier avistamiento. Se aplica desde el zarpe, guía y el capitán instruyen a los pasajeros sobre las reglas de distanciamiento. “Se le explica al turista que debemos mantener un distanciamiento y que se debe respetar ese espacio”, puntualiza Espino.

A lo largo del trayecto, la constante comunicación radial entre embarcaciones permite rastrear el perímetro de manera coordinada, evitando la saturación de naves y garantizando maniobras cuidadas.

La verdadera diferencia que aporta un guía especializado radica en la interpretación ambiental. En base a técnicas aprendidas en los entrenamientos, como orientar la mirada de los turistas según las manecillas del reloj, Espino se vale de cada movimiento sobre el agua: la sorpresa de toparse con delfines nariz de botella, descifrar a lo lejos los soplos respiratorios, una madre amamantando a su cría o la enérgica competencia entre machos durante el cortejo. La guía recalca la importancia de “dejarnos llevar por la naturaleza del océano, que es la que nos brinda toda esta bonita experiencia”.

El estudio del paisaje acústico apenas ha analizado una fracción de los datos recogidos y los investigadores planean mantener el monitoreo hasta noviembre. El objetivo es comparar los resultados más recientes con los de 2025, cuando el año no estuvo marcado por el fenómeno de El Niño, a diferencia de este.

Betsy Pérez advierte que las aguas más cálidas podrían estar retrasando o incluso reduciendo la llegada de ballenas jorobadas a Panamá esta temporada, algo que los hidrófonos ayudarán a confirmar o descartar cuando se recuperen en noviembre.

 Fuente: mongabay

 

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